El colofón de todo Cursillo siempre es la clausura. Recuperada poco a poco la normalidad, en la que la comunidad puede recibir a los candidatos y poner rostro a esa Iglesia viva, el cursillo mixto 338 de la diócesis de Madrid contó con una novedad reseñable: la presencia de su pastor, el cardenal Carlos Osoro.

Tras escuchar con gozo las resonancias de los nuevos cursillistas, el cardenal hizo hincapié en la importancia de las fiestas que se conmemoraban el pasado domingo: la de la Santísima Trinidad y la que recientemente ha celebrado nuestro movimiento con especial alegría: la de Pentecostés. “En ese día se inició la actividad de la Iglesia, donde caben hombres y mujeres de toda raza, lengua o condición social”, dijo don Carlos.

Recordando la realización de su propio Cursillo allá por 1974 en su Santander natal, monseñor Osoro anunció con fuerza lo que ha de ser todo cursillo para los miembros del movimiento. “Lo que ha tenido lugar aquí es un nuevo Pentecostés”, pues transmitir la fe a los que nos rodean es parte de la vocación, de la llamada que Dios tiene para cada uno.

La fiesta de la Santísima Trinidad “nos revela que el Dios revelado en Cristo no es solitario, sino que solo se puede entender su misterio desde el Amor”. Ante la división y la ruptura que respira el mundo actual, la Iglesia coloca esta celebración como “una experiencia bella de tener un solo corazón que quiere palpitar como el de Jesús y que se traduce en la entrega al hermano”.

El cardenal recomendó cuatro actitudes fundamentales a los cursillistas: la relación con Dios a través de la oración y los sacramentos, la misión al encuentro de los hombres sin poner condiciones, la vivencia de la presencia del Espíritu aun en medio de las dificultades sin esconderse ni dejar de proclamar la Verdad y la vida comunitaria mediante ultreyas y reuniones de grupo para renovar permanentemente nuestra fe.

Por último, el cardenal reconoció que “la pandemia ha hecho tambalear a la humanidad, que se sentía segura”. De cara a los cristianos, nos ha hecho ver aquello que dice San Pablo: “si vivimos, vivimos para el Señor tanto en la vida como en la muerte”. Ese Señor que nos abraza en nuestras miseria y que nos urge a una misma caridad con el prójimo.