Buenas, soy Nacho y he participado en el cursillo 355 del pasado fin de semana.

Para mí ha sido un antes y un después, un renacer por completo. La película de mi vida, me he dado cuenta de que es una trilogía. La primera parte es desde los 10 años a los 20, cuando estuve en el colegio básicamente y dos años nada más salir. Cuando era adolescente en el cole tenía a Dios muy cerca. Al fin y al cabo era un colegio de la obra, y podía ir a diario a Misa, rezar,  acercarme al Señor todos los días por tener la capilla al lado de la clase prácticamente… Mi momento cúlmen de experiencia divina fue a los 17 años al hacer la Confirmación, que sentí como me llenó Dios por completo. Al salir del cole todavía un poco por inercia seguía yendo casi a diario a Misa, me seguía Confesando semanalmente y seguía teniendo a Dios muy presente. Fin de la primera película.

Ahora viene la segunda película, que es desde los 20 años hasta hace dos exactamente, cuando conocí a mi novia y empecé a salir con ella. Como en las buenas trilogías, la primera parte expone mucho a los personajes y suele tener un final feliz para engancharte de cara a la segunda parte. La segunda parte es cuando los personajes sufren a más no poder, y el final es totalmente devastador y les deja hechos polvo (rollo el Imperio Contraataca). Ese soy yo durante mi vida en la universidad, donde empecé a dejar a Dios de lado, empecé a juntarme con gente que me alejaba cada vez más de Él. Por temas familiares, la cosa en casa también iba regular, y yo fui poco a poco perdiendo esa luz que había tenido. Las llamas de la Confirmación se habían ido apagando, y cada día estaba más lejos de Dios. Dejé de ir a Misa los domingos, de confesarme, de llevar una vida de cristiano, y me sumergí en ambientes que me alejaban cada vez más de Dios. Y lo peor es que en el fondo lo sabía, pero no hacía nada para remediarlo. Fui yendo poco a poco hacia abajo hasta que hace dos años y medio toqué fondo, y me di cuenta de lo lejos que estaba de Dios, de cómo me había autoengañado día a día diciéndome que no estaba mal lo que hacía, que en el fondo Dios me quería igual (eso era de las pocas cosas reales que decía) y que no me iba a pasar nada. Y me di cuenta de lo mal que estaba. Fin de la segunda película.

Como en las buenas trilogías, al final de la segunda película está todo tan perdido que no sabes cómo van a salir los protagonistas de ahí, cómo van a sobrevivir y conseguir tener un final feliz, y es donde empieza mi tercera parte. Con una chica llamada Carmen Borrallo. Y Dios, que se valió de ella para llegar a mi.

La tercera parte de mi película sucede cuando Dios, que es más listo que nada y nadie, me llamó a volver a su lado a través de Carmen, quien insistió mucho y muy fuerte en que me dejase de tonterías, que si queríamos ser algo más que amigos me dejase de historias y que fuese a Misa y demás, y yo aunque al principio me negaba a hacer nada, y le decía que todo estaba bien, Dios es mucho más listo, y seguía hablándome a través de Carmen. Ella justo en esa época (noviembre de 2018) hizo su cursillo y fue un poco antes al Santuario de Fátima, y como no quise acompañarla me trajo una pulsera de San Agustín y un tarro de agua bendita que yo puse en la cabecera de mi cama. Me dijo que tenía que hacer un cursillo, que lo que me pasaba a mí era que tenía que volver a vivir esa esencia que había sentido cuando hice la Confirmación. Le conté que durante mi vida en la universidad fui dando tumbos de parroquia en parroquia, buscando a gente joven que, al igual que yo, quisiera vivir con y para Jesucristo en todo momento, pero que había sido todo un desastre. Empecé a ir a la parroquia de 3 Cantos y ahí me arreglé un poco, pero Dios valiéndose de Carmen no hacía más que insistir en hacer un cursillo, porque lo que necesitaba era un fogonazo, una explosión de su amor. Cuando ella me hablaba de que lo que necesitaba era una experiencia real del Amor de Jesús, yo le decía que no era eso lo que me faltaba, que sería otra cosa. Pero Dios seguía y seguía, sin rendirse ni un segundo, ni un instante, porque me conoce perfectamente, y sabía que por Carmen yo al final haría alguna «tontería» en el buen sentido, como ir a un cursillo de cristiandad. Nos hicimos súper amigos de Luis y Ruti y me dijeron que también tenía que ir a cursillos. Ya eran 4. Jesús estaba reuniendo todas sus fuerzas para apoyarme y ayudarme, como en las terceras partes de una trilogía, cuando los protagonistas se empiezan a preparar porque saben que hay luz al final del túnel. Y en la boda de Luis y Ruti me sentaron en una mesa con un montón de gente que había ido a cursillos y que me dijeron que «tenía que hacerlo». Naturalmente, ya no había excusa alguna jajaja y le dije a Pedro Rubiato, que durante este último año y pico ha sido mi director espiritual, y que ha sido otro de los que más me hizo hincapié en ir al cursillo, que cuando hubiese uno, el primero nada más volver de la cuarentena, ahí iría. Cuando me dijo que el puente de la Inmaculada habría uno, le dije que ahí quería estar el primero de la lista. Inma se puso en contacto conmigo, y aunque se retrasó, me dio igual. Yo tenía la certeza de que quería ir ahí. Algo me decía que encontraría algo ahí dentro.

Y madre mía si lo encontré… Madre mía. Increíble. No se puede describir. El Amor de Dios estaba en todos lados, en esa gente que es increíble, que ahora les quiero como si les conociese de toda la vida, en esa gente que, al igual que yo, en su día habían perdido el camino y ahora se estaban reencontrando. Tuve la mejor Decuria que podía tener, con gente de la talla de Paco Sanz o Andrea Cuadrado, y luego chicos como yo, nuevos en cursillos, que se estaban reencontrando con Jesús. Y fue el segundo día, delante del Sagrario, que fuimos a rezar toda la decuria, y empezamos a decir en voz alta lo que sentíamos, yo le dije lo de la Confirmación y como había estado tantos años alejado y que quería volver; Andrea y Paco dando gracias por poner en sus vidas a gente como nosotros, que ahora éramos parte de aquella gran familia; Rodri, Elena y Vicky, también abrieron su corazón… Y ahí, justo ahí, fue cuando lo sentí. Ese fogonazo, esa ola en el pecho, ese cañonazo en el oído: el Amor de Jesucristo infinito por mí y por todos, y sentí como, aunque no nos pudimos abrazar por todo el tema del COVID y queríamos hacerlo con toda nuestra alma, Jesús nos abrazó a todos en ese momento. Y fue ¡INCREÍBLE! Bueno, miento, increíble es poco para lo que fue. Es que no se puede describir, pero todos los que habéis hecho cursillos sabéis a qué momento me refiero. Y me di cuenta de que Jesús había estado ahí todo el rato, a mi lado, sin separarse ni un milímetro, esperando que volviese como el Hijo Pródigo, a sus brazos.
Y ahí es donde los protagonistas en la tercera parte de la trilogía descubren por fin la manera de vencer el mal: a través de Jesucristo y su Amor eterno. Y ahora estoy en la tercera parte de esa trilogía, y sé que con Jesús a mi lado, nada ni nadie puede con nosotros, porque Él y yo somos mayoría absoluta.

De colores ?

Nacho Pérez