¡Hola! Mi nombre es Rocío Jiménez González, tengo 22 años e hice mi Cursillo de Cristiandad en octubre de 2016. La semana pasada varios jóvenes del movimiento pudimos vivir juntos y en comunidad la Escuela de Verano.

Una Escuela de Verano diferente, rara, protocolaria, pero muy muy de Dios.
Tras los meses de confinamiento no sabíamos muy bien cómo saldría, o si se llevaría a cabo siquiera este plan para los jóvenes de Cursillos. Había mucho miedo, incertidumbre e indecisión ya que, como bien sabemos, el Covid-19 ha afectado a personas de la comunidad y a familiares muy cercanos. Por ello y por mucho más existía cierto respeto a la Escuela, a la vez que ganas y rechazo.


Para mí la Escuela de Verano era algo necesario, que yo personalmente necesitaba. Es cierto que durante la cuarentena he estado muy cerca de Jesús y de la comunidad. Además, es asombroso el esfuerzo que se ha hecho para mantener vivo nuestro movimiento; para mantener las Ultreyas, las Escuelas y las Reuniones de Grupo. Era maravilloso ver cómo gente de la comunidad enseñaba a los mayores a usar Zoom para poder asistir a la Ultreya, algo por lo que estaré eternamente agradecida; haber tenido Ultreya todas las semanas. Pero, aun habiéndoos visto todas las semanas, se necesitaba el “contacto” físico. Poder disfrutar de la comunidad sin una pantalla en medio.

En cuanto a la Escuela, básicamente esperaba eso: volver a reunirme con mi comunidad en un mismo lugar. Os mentiría si dijera que no tenía miedo, y no miedo por mí, sino miedo a ser noticia. Miedo a manchar la imagen de la Iglesia si algo no salía bien.
Vivir la Escuela de Verano ha sido un regalo más de Jesús. He podido estar con mi comunidad. Creo que es la convivencia con menos gente a la que he ido en toda mi vida como cursillista. Pero era mi comunidad, y estaba Dios. Ha sido una Escuela diferente, con medidas de seguridad, con geles hidroalcohólicos, con termómetros, con mascarillas, con turnos de desinfección, y estaba Dios. Comíamos de dos en dos, es decir, hemos podido conocer mucho mejor y de manera más íntima a cada persona, y ahí estaba Dios.
Y… ¡atención!: teníamos 4 sacerdotes, única y exclusivamente para nosotros, los jóvenes de Cursillos. Somos increíblemente afortunados. Además, en 2017 cuando se llevó a cabo la anterior Escuela de Verano disfrutamos de Uge y de Gonzalito como diáconos y ha sido un regalazo poder tenerlos una vez más como sacerdotes junto a Jaime López y Pedro Rubiato.

Otro regalo que no puedo dejar de mencionar es haber podido vivir junto a toda mi Reunión de Grupo esta Escuela de Verano, y haber tenido ratitos para nosotras y para Jesús después de tanto tiempo.


Ha sido una Escuela de Verano sencilla y muy bonita, arriesgada pero muy rezada. Una escuela de verano valiente y de valientes, sobre todo, por parte de Jaime, de mi primo David Jiménez como responsable, de Inés de Medrano y de todo el equipo. Con ellos y con Jesús no podríamos haber estado en mejores manos.

¡De Colores!

Rocío Jiménez, Ultreya López de Hoyos.