Me llamo Sara Poza, tengo 20 años y este año he tenido el regalo de irme de misión a Perú con 17 misioneros más del movimiento durante todo el mes de agosto.

¿Cómo llegué hasta allí? La primera llamada surgió en la convivencia de Pascua de 2018 durante la confesión. El sacerdote me planteó irme de misión a Perú y rápidamente recordé que hacía unos meses otro sacerdote me había propuesto lo mismo, ante lo cual había reaccionado con un NO rotundo por miedo. Pero en esa Pascua se me dio un vuelco el corazón y empecé a informarme y a discernirlo. Ese verano no pude ir, pero el deseo ya estaba ahí y
este año he podido dar mi SÍ.

Durante la preparación tuve muchísimos momentos de dudas y pereza, pero el Señor me iba animando con cada reunión y sobre todo a través del resto de misioneros y de los momentos de oración. También en las Eucaristías: en especial, la de la convivencia que tuvimos y la Misa de envío me abrieron los ojos y, nunca mejor dicho, me sentí muy enviada a esta forma de entrega.

Y llegó el día 3 de agosto y ya no había marcha atrás. Llegamos tras muchas horas en avión y bus, y Dios me dió la gracia de no llevar ninguna expectativa y así poder disfrutar sin esperar NADA.

La primera semana fue genial: aprender tanto de los misioneros veteranos, ir creando una nueva familia entre nosotros, ver el cariño y las ganas de los peruanos de acercarse a Cristo a
través de nosotros (unos más que otros), ir cogiendo confianza en mí misma a la hora de misionar por las casas. Y sobre todo enseñar la alegría de la persona católica que ha tenido un encuentro con Jesús, conocer las historias de la gente y poder darles esperanza. Cada día
volvía a la casa más feliz y con más ganas del día siguiente.

Llegó la segunda semana, después de un gran lunes de relax y unión en la laguna azul. Para mí fue la semana más dura con mucha diferencia. Se iba notando el cansancio y en las asambleas había que dar mucho más que en las catequesis de la primera semana, sobre todo físicamente, pero se vieron los frutos con los 32 bautizos del sábado y con una Eucaristía repleta de gente y agradecimientos. También tuve el regalo de celebrar mi cumpleaños en Perú y sin duda fue el mejor día de la semana; nunca he recibido tantos abrazos en un solo día. Me sentí la niña más mimada y querida del mundo y no podía dejar de sonreír y dar gracias a Dios por el cariño de la gente que tanto me hacía falta después de esa dura semana.
Durante esta semana la convivencia hizo que hubiera pequeños roces por tonterías y yo estuve más susceptible que nunca y muchas cosas me molestaban dándole más importancia de la que
tenían pero, gracias a Dios, Él siempre estaba ahí para prestarme su hombro y ser mi consuelo; cosa que me hizo “cambiar el chip” y afrontar la última semana desde otra perspectiva y poder
disfrutar de lo poco que quedaba. Para ello me ayudó mucho el viaje a Moyobamba, la visita al seminario y sobre todo la visita a las oblatas donde una novicia de 19 años nos dio su
impresionante testimonio que nos tocó el corazón a todos.

La última semana nos dividimos en dos grupos de 9 misioneros y tuve la suerte de misionar en Ampliaciones, que es la zona en la que se está construyendo la capilla de San Pablo gracias a la
ayuda de toda la comunidad. En esta semana pude disfrutar un montonazo de cada asamblea con cada canción, cada baile, cada rollo y cada niño, notando la presencia de Dios en todas partes. Al final de la semana pudimos disfrutar de la primera Misa en la capilla con 12 bautizos y, antes de irnos, decidimos escribir en la pared el nombre de todas las ultreyas de Madrid reflejando que sin cada una de ellas esto no sería posible y como agradecimiento a toda la oración, sacrificios y ayudaeconómica recibida y que esperamos que no cese.

Para acabar me gustaría compartir todo lo que me he traído a Madrid. Para empezar, la necesidad de la Eucaristía diaria (aunque muchos días falle); el ser consciente de la suerte que tenemos al contar con tantas iglesias y sacerdotes, poder quererlos y valorarlos más, ya que el Padre Fran y el Padre Rober han sido un ejemplo de entrega y humildad que quiero imitar; ser consciente de que “solo Dios basta” al no echar de menos nada de lo que había dejado en
España y, por supuesto, el haber podido disfrutar de 1 hora diaria de exposición del Santísimo y de la liturgia de las horas. Destacaría el poder ver desde el día uno lo que significa la universalidad de la Iglesia; el sentirme en casa y parte de una familia desde el momento en
que pisé Perú y todo por una persona en común: Cristo.

Sinceramente, si me dicen que vuelva ahora mismo tengo clara mi respuesta, ya que allí tenía el corazón lleno y vivía todo con muchísima más paz. ¿Volveré el año que viene? Si Dios quiere ya sabe que tiene mi sí.

¡DE COLORES!

Sara Poza, Ultreya de San Jorge.