Este fin de semana el grupo de Adolescentes nos hemos ido a la Javierada, que es una peregrinación que se hace en marzo (en este caso del 15 al 17) al castillo de Javier, en Navarra, en honor a San Francisco Javier.

El equipo de adolescentes, al fondo el castillo de Javier.

A nivel personal, no iba con muchas ganas, de hecho con ninguna. Me parecía algo sin sentido, veía poco probable poder tener un encuentro con el Señor o divertirse mucho en el poco tiempo que dura la peregrinación.

Así que con mi egoísmo de no querer ni intentar servir, de no querer ni intentar divertirme, de no querer que el Señor me curase mis heridas, de mirarme mi ombligo, me subí al autobús. Y no fue hasta el sábado por la tarde-noche cuando, después de ver al Cristo sonriente en la cruz, decidí que ya estaba bien de dejar al demonio hacer lo que le diera la gana conmigo, así que me fui a confesar. Porque si Él podía sonreír en la cruz, yo también quería y quiero hacerlo.

El Cristo sonriente de Javier.

Y he visto que, efectivamente, en un tiempo tan corto el Señor puede hacer lo que quiere, igual que en uno largo. El grupo de Adolescentes me ha demostrado otra vez que para el Señor no hay tiempos ni edad que valgan, que lo que vale es Él. Que para Él no hay nada imposible, ninguna cruz, ninguna herida, ningún daño. Que Él es el único que me da la VIDA con mayúsculas.

Y me voy pidiéndole mucha Fe y Amor por Él para que no me vuelva a pasar, para servirle siempre y llevarle a los demás, para que me pueda su Amor y no la tentación, para mirar a los Adolescentes y a todos con sus ojos. Porque “si no quieres sufrir no ames pero, ¿si no amas para qué quieres vivir?” (San Agustín)

¡De colores!

Paula Palanca, equipo de adolescentes, Ultreya de Santa María Micaela.