“DE SANTIAGO… ¡SANTOS Y APÓSTOLES!”

¡EN MARCHA, PEREGRINOS!

 

 

 

 

 

 

Álex González

Ese era el título del rollo que se dio en mi Ultreya y con el que empezaba esta aventura. Todavía me acuerdo el día en que se dio ese rollo y se nos invitaba a apuntarnos a la peregrinación de este verano. En cuanto salieron las plazas me apunté sin dudar y, después de unos cuantos días de espera, allí estaba yo, con mi macuto lleno de ropa, tiritas e ilusión por empezar a caminar.

El día 20 de julio salía desde el Santiago Bernabéu un autobús con casi 100 jóvenes, algunos cursillistas veteranos, otros casi recién llegados y unas 30 personas que todavía no habían hecho el Cursillo. Ese primer día llegábamos a Tui donde tuvimos el rollo de bienvenida y los primeros contactos y presentaciones. La gente empezó a conocerse y a soltarse poco a poco, y después de la primera noche en polideportivo, la marcha a Santiago comenzaba.

El camino estuvo plagado de sorpresas y regalos del Señor y siempre seguía la misma fórmula: primero un rato de oración y silencio donde uno podía poner en orden sus pensamientos, charlar con Dios y, en definitiva, poder disfrutar de un momento de introspección y recogimiento. Tras estos primeros instantes, el silencio se rompía y tenían lugar los primeros cantos de la mañana y conversaciones. Doy infinitas gracias al Señor por todas y cada una de las conversaciones que durante el camino (y en los períodos de descanso) he podido tener. Tuve la oportunidad de conocer gente genial y maravillosa y profundizar en relaciones que ya tenía y, desde luego, tengo la certeza de que ha sido un regalo del Señor.

Pero no todo se queda en lo que vivimos mientras caminábamos. ¡Qué hubiera sido de este camino sin los rollos y las Eucaristías! ¡Qué bonito poder conocer más en profundidad a los rollistas! ¡Cómo han abierto su corazón ante un grupo de personas, algunas de ellas totalmente desconocidas, sólo para poder acercarlas a Dios! ¡Qué emoción el ver cómo el Señor transforma corazones de piedra en corazones de carne! Por otro lado, en las Eucaristías, el coro hizo una labor increíble y eso ayudó mucho a poder profundizar en la Misa. Poder escuchar a todo el grupo cantar con una sola voz es una sensación sencillamente indescriptible. El entrar en una iglesia desconocida y sentirte como en casa… eso sólo puede hacerlo Dios. Fue muy emocionante ver cómo gente alejada de Cristo disfrutaba con la Eucaristía, cómo gente que hacía tiempo que no se acercaba al Señor lo hacía ahora, e incluso se confesaba y comulgaba. Algo muy hermoso.

El resultado de todo esto se vio reflejado el día en que llegamos a Santiago cuando, todos como una unidad,  entrábamos cantando el “De Colores”. En ese momento no había ni cansancio ni dolor, sino una alegría enorme por haber llegado a Santiago, por recorrer las mismas calles que Sebastián recorrió junto con los jóvenes de Mallorca en 1948  y dio comienzo a este Movimiento que a día de hoy tantas alegrías me ha dado y en el que he encontrado una Comunidad donde dar gloria a mi primer gran amor: Jesucristo.

Sin ningún tipo de duda este Camino ha sido una experiencia increíble, que además tenía muchas ganas de vivir y que tanto a otras personas como a mí nos ha servido para poder estar cerquita de Dios y contemplar de cerca las maravillas que puede hacer si uno se deja amar por Él.

¡De Colores!

 

EL CAMINO DE SANTIAGO NOS ENSEÑA A CAMINAR HACIA EL CIELO

Nicol Valencia

Este verano, gracias a una invitación insistente y persuasiva, fui al Camino de Santiago con los jóvenes de Madrid del 20 al 31 de julio. Los días previos al viaje ya no tenía ganas de ir porque el otro joven que iba a acompañarme desde París no pudo venir, de modo que era la única parisina que se unía a la aventura compostelana.

Me costó adaptarme porque no era fácil integrase a los grupos ya hechos y no veía mucho el sentido de estar allí. Pero después del rollo de una amiga me puse a llorar un buen rato y ese llanto fue una especie de limpieza de todo lo que había vivido durante el año. Efectivamente, el curso había sido difícil: la facultad, los problemas del apartamento donde vivimos y unas semanas intensas en Chile donde pude ver a mi padre después de mucho tiempo… Fue una experiencia intensa en la que me pareció que el Señor podía sanar mi alma y mostrarme lo que tenía previsto para mí. Cada vez que me sentía mal, volvía a tener la sensación de que el Señor me limpiaba.

Las largas caminatas iban poniendo las cosas en su sitio. Comenzábamos el día con una hora de silencio después del desayuno. Yo aprovechaba para rezar el rosario por tantas intenciones que necesitan oración y después me quedaba en silencio. A la llegada al destino de cada etapa, además de descansar, teníamos un rollo y participábamos en la Eucaristía. Fue hermoso poder confesarme el primer día y comulgar después. Fui la última de la fila, ¡pero me dio tiempo a todo! Cuando buscas al Señor, Él alimenta tu alma y te da lo que necesitas en el momento adecuado.

Si tuviera que destacar algo del Camino de Santiago diría que me ha hecho pensar en esos períodos de la vida en los que no sabes cómo acercarte a Dios pero Él está dando pasos contigo, sosteniéndote y mostrándote por dónde ir. Ya en Santiago, la catedral me decepcionó, pero lo que tenía fuerza allí no eran las piedras del edificio sino poder participar en la Misa con todos los jóvenes cursillistas. La última vez la celebró el cardenal de Madrid. Ese día yo andaba buscando a Jaime, el sacerdote que venía con nosotros, para que bendijera dos medallas que había comprado, pero no le encontré. Finalmente fue el propio cardenal quien las bendijo después de decirme que en el Movimiento de Cursillos de París hay mucho fuego y que “eso va a crecer”. Y me pregunté, ¿es que realmente yo me siento con ese fuego, con esas ganas de evangelizar? Llegué a la conclusión de que no y de que debo actuar más. Por eso, en la oración de los fieles durante la Misa, fui la primera en pedir, y mi petición fue precisamente por la comunidad de Cursillos de París. Fue una ocasión muy especial donde noté la acción al Espíritu Santo.

Después surgió la posibilidad de ir a un viaje a Italia con mi madre y mi abuela. Dudé en ir porque los jóvenes de París estaban preparando un viaje a Lourdes y tenía la impresión de que me iba a perder algo. Finalmente, allá que fui. En principio se trataba de un tour turístico pero el Señor hace bien las cosas porque mi abuela no podía seguir el ritmo de la guía y tuvimos que separarnos del grupo. Así que decidimos hacer un recorrido por las iglesias. La iglesia de San Pablo me impresionó particularmente porque durante el año habíamos tratado las cartas de San Pablo y, siendo el patrono de Cursillos, me hizo recapacitar mucho. El Señor cuenta conmigo… y así era, porque durante esos días me llamaron para pedirme que diera el rollo de la convivencia de inicio de curso en París. El título del rollo no dejaba mucho margen para decir ‘no’: “Haced lo que Él os diga”, las palabras de María a los servidores de las bodas de Caná. Y siguiendo el consejo de la Virgen me lancé a preparar mi testimonio.

Este verano ha sido muy bonito para mí. El Señor me ha hecho comprender que uno tiene que crecer siempre. Nunca terminamos de crecer, es un camino que termina en el cielo si Dios quiere. Un camino en el que a veces nos toca mucho luchar pero hay que saborearlo a fondo con el Señor.