Transición y dolores de parto

Miguel Torres Galera

 

Este comienzo de milenio en el que estamos incursos todo nos lleva a pensar que lo estamos haciendo a trompicones. La incertidumbre y la desconfianza dominan el contexto social y económico, por eso recurrimos permanentemente a un discurso que se aferra más a los aspectos disgregadores que a aquellos más positivos y constructivos.

Las dificultades que padecemos son evidentes, no hay más que observar cómo la lenta recuperación económica se refleja en las duras condiciones de la creación de empleo, sobre todo para nuestros jóvenes, o en la permanente incertidumbre que domina el panorama sociopolítico de Occidente. Sin embargo, todas estas dificultades no explican por sí solas la deriva que parece prevalecer en todos los ámbitos de la vida social y cultural.

Por ello, ante las terribles violencias que se viven a diario en tantos rincones del planeta, muchos de nosotros deseamos una reacción de la humanidad para poner la palabra “fin” a todas estas realidades dolorosas. No hay más que echar un vistazo somero a nuestro alrededor para comprobar las persecuciones religiosas y políticas que se producen cada día, incluso en Europa, así como otras dramáticas realidades que llevan a millones de personas a sufrir injusticia, hambre, exclusión o a vivir la tragedia de la emigración.

Sí, somos muchos los que percibimos, con particular intensidad, la urgencia de un cambio, de una novedad radical. Pero por desgracia, en la lectura de esta situación, a menudo somos víctimas de una cierta miopía. Vemos solo una crisis económica y/o política y no la reconocemos según su verdadera naturaleza. Nos encontramos, como bien ha señalado el arzobispo emérito de Milán y gran pensador, Angelo Scola, ante un parto de civilización en el comienzo del nuevo milenio.

En efecto, a mi parecer, dolores de parto y transición son términos muy adecuados para describir la crisis de nuestro tiempo. Este tiempo, en el que estamos llamados, más que nunca, a actuar como actores de un drama (agonistas) se parece al momento del parto, una condición de sufrimiento agudo, pero con la mirada ya puesta en la vida que está naciendo. Así lo expresa el apóstol San Juan en su evangelio: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre» (Jn 16,21). Sin embargo, los dolores de parto exigen de la mujer el compromiso de toda su energía humana. Del mismo modo, nosotros, ciudadanos inmersos en la crisis, estamos llamados a comprometer toda nuestra energía personal y comunitaria.

Hablar de dolores de parto, y no limitarse a hablar de crisis económica y política, quiere decir ir más allá de la búsqueda de las medidas técnicas necesarias que requieren las graves dificultades que estamos atravesando. Se trata de reconocer que no todo se reduce a problemas técnicos, vinculados al mal funcionamiento del sistema, sino que el malestar tiene un origen más profundo, que implica todo un modo de concebir lo humano. ¿Cómo no ver que sin una acción decidida y responsable a nivel ético-antropológico, ni siquiera el mercado mejor estructurado y garantizado resolverá nuestros problemas?

En este momento de grave prueba, el peso de la persona y de sus relaciones vuelve testarudamente a alzar su voz. Es imposible huir de los dolores de parto. Si no los asumimos corremos el riesgo de quedar sometidos a ellos. Nadie puede ni debe considerarse excluido de la necesidad de implicarse personalmente. Ante los ojos de todos están dos preocupantes síntomas de este minusvalorar la dimensión humana del actual momento de parto: por un lado la crisis de la representación política, y, por otro, la ausencia de un lenguaje de lo humano compartido.

Precisamente en momentos de parto como el presente es cuando recobra toda su plenitud el problema del sentido de la vida, cuestión que Cristo ha sintetizado admirablemente en la pregunta: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?» (Mc 8,36). ¿Y cómo resolver este dilema? En el tiempo presente la cuestión del sentido de la vida se plantea en su forma más noble, la forma del don: ¿a quién estoy donando mi vida? Cuenta Angelo Scola, prestigioso profesor de Filosofía, que a menudo interpelaba a los jóvenes diciéndoles: «Atención, existe un test para saber que la vida es don: si tú no la donas, el tiempo te la roba». Y henos aquí de nuevo, ante el sentido de la vida, que se hace breve, y ante una existencia que pide algo más que la pura supervivencia. Se trata de convertir nuestra existencia terrena en una verdadera vida, en una vida acogida y donada. Comprometámonos en ello en este tiempo de transición y dolores de parto.

2018-11-27T18:53:32+00:00

One Comment

  1. LORETO 4 diciembre, 2018 at 07:45 - Reply

    Muchas gracias, magnífico artículo.

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