¿Qué es la vida espiritual? (I)

Roberto González-Tapia

 

Todos tenemos claro el trípode de la vida cristiana: oración, formación y acción. Es el movimiento que subyace a todo lo que hacemos en nuestra vida, una especie de guión en el que vamos escribiendo todo lo que vivimos, y que nos sirve para repasar someramente la vida cada semana en nuestras reuniones de grupo.

En el Cursillo escuchamos el rollo de formación, el de acción, y el de vida cristiana, que nos ayuda a comprender el nexo de unión entre las tres famosas patas. Pero ¿qué pasa con el rollo de oración? ¿Es lo mismo que la vida espiritual? ¿Qué es la vida espiritual?

Antiguamente existía en los Cursillos el rollo de “piedad”. Ahora queda compendiado entre el rollo de fe, si da tiempo, y el rollo de sacramentos. Se suele decir que la oración del cursillista es la fundamental, y ésta se basa en los sacramentos de la Iglesia. Aunque no son palabras faltas de razón, hemos de tener cuidado en identificar en su absoluto la vida espiritual con los sacramentos, la oración y sus derivados (“el sagrario” y la meditación del Evangelio).

Nuestro mundo tiende a dividir, a separar, no sabe distinguir y sumar. Es evidente, y no me hace falta citar a nadie, que vivimos en una grave fragmentación de la persona, cuando lo propio del católico es integrar. Tenemos una confusión grande respecto a la vida espiritual porque la reducimos a actos de piedad, que nos llevan a pensar que somos malos cristianos si no los cumplimos todos.

El problema más grande que detecto en la dirección espiritual y en las reuniones de grupo es esta incapacidad de entender la vida como un todo, donde se distinguen algunos aspectos que entre sí dependen absolutamente uno de los otros. La oración, la formación y la acción son un todo. Toda la vida es oración, toda es acción, y todo forma, aunque distingamos para examinar y poder compartir. Es necesario no agobiarse en la revisión de la patas del trípode si alguna de las patas no parece estar en la misma cantidad que la de otro de los miembros. No se es más cristiano por cantidad, sino por la calidad de lo que vivimos.

Lo primero que nos debería quedar claro es que la vida cristiana es una vida espiritual. Y que, como dice un conocido autor francés, «la vida espiritual es la experiencia de una vida» (André Louf, Iniciación a la vida espiritual). Sólo tenemos una vida, y está llamada a ser espiritual, experiencia de Dios continua. Es decir, una vida llevada por el Espíritu Santo. Toda la vida es espacio del Espíritu. El mayor deseo de un cristiano será cumplir la voluntad de Dios, dejarse llevar por el Espíritu, «porque los que se dejan llevar por el Espíritu, esos son hijos de Dios» (Rm 8,14). Y al movimiento de dejarse llevar por el Espíritu la Iglesia lo ha llamado “discernimiento”. Éste es el nexo de las patas del trípode. De que discernamos o no dependerá la calidad de nuestra vida espiritual.

El discernimiento nos protegerá de hacer de nosotros los protagonistas de la vida espiritual, saltándonos la pedagogía divina a la que Jesús nos ha invitado, el discipulado. Sólo Él es el Maestro y el Señor, que nos precede. También nos protegerá del agobio ante una vida que parece falta de oración porque no se hacen los actos de piedad, y se lleva el mismo ritmo de lecturas que el resto, pero que, frente a otros que se nutren de un activismo asfixiante, esa vida espiritual está llena de caridad en casa, en el trabajo y en todos los ambientes de cada uno. Los actos concretos, la caridad, y la paz que se contengan en ellos revelarán de calidad de la vida de un cristiano, de “una vida a lo Jesús”, el impulsado por el Espíritu (cf.Lc 4,1).

2018-11-26T19:44:15+00:00

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