LA ESPIRITUALIDAD DE CURSILLOS (II)

Una espiritualidad cristocéntrica y paulina  

Ofrecemos en este número de PROA la segunda y última parte de la conferencia que don José Ángel Saiz Meneses, Consiliario Nacional del Movimiento de Cursillos de Cristiandad y obispo de Terrassa, impartió en Chile en 2017 sobre “El Movimiento de Cursillos de Cristiandad: Una espiritualidad cristocéntrica y paulina”.

 

En esta última parte de su conferencia, el Consiliario Nacional articuló, a partir de lo fundamental cristiano, la espiritualidad del Movimiento de Cursillos con la espiritualidad cristiana, la Liturgia de la Iglesia y la vida y enseñanzas de san Pablo.

 

I.- Centralidad de Cristo: el Cursillo es un encuentro con Cristo

Pablo dijo: «Para mí la vida es Cristo» (Flp 1,21).[1] Con él afirmamos: Jesucristo es esencia, centro y fundamento de nuestra vida, que es relación personal con Él y culmina en la unión con Él por gracia y amor. Hacemos hincapié en la experiencia cristiana y la vivencia personal. Jesucristo es la Palabra eterna del Padre, que se ha encarnado, ha asumido todo lo humano y ha reconstruido lo que estaba caído. Es el redentor del género humano y de cada persona concreta. En Él el hombre es elevado por pura gracia y alcanza su dignidad. Él nos hace partícipes de la misión que el Padre le encomendó.[2] Cristo sale al encuentro de todo hombre, se le revela como Camino, Verdad y Vida, llena de sentido su existencia y sacia su sed de felicidad.

 

Cursillos rezuma cristocentrismo. El primer elemento de lo fundamental cristiano es la persona de Jesucristo[3], presente en la vida del cursillista y en su oración. La “Hora Apostólica”, de la Guía del Peregrino, compuesta por Sebastián Gayá, expresa esa personal relación con el Señor, de intimidad, amistad y envío misionero:

«Queremos ser tuyos, Señor, los tuyos de veras: los que no duden, los que no titubeen, los que no se desalienten, los que no conozcan las medias tintas ni las posturas ambiguas; los que lo den todo antes que alejarse de Ti […] Te rogamos que nos ENSEÑES, que nos FORMES, que nos VENZAS, y nos ENCIENDAS en santa valentía y en afanes apostólicos […] En esta Hora Apostólica permanecemos al pie de tu Cruz, con la Madre y Señora, como San Juan, el apóstol de la invencible fidelidad. […]. En firme vigilia rodeamos TU CRUZ sacrosanta para acompañarte en tu hora suprema; para orar contigo por la Iglesia; para ofrecernos contigo como víctimas; para compartir tus dolores y anhelos; para consolarte agonizante en la Cruz y consolarte en las presentes angustias de la Iglesia».

 

II.- Una espiritualidad teocéntrica, cristológica y pneumatológica

Hervás, persuadido de que “la espiritualidad de los Cursillos coincide con la de la sagrada Liturgia”[4], y la Revelación, particularmente san Pablo (2Cor 13,13), nos sitúan en la perspectiva de la Trinidad. La Liturgia produce una espiritualidad teocéntrica, cristológica y pneumatológica.[5] El Padre es fuente de toda santificación y término absoluto del culto de Cristo y de los cristianos. Sin el Espíritu no habría comunicación con Dios por parte de los hombres ni santificación del Pueblo y los ministros constituidos en asamblea.[6]

 

Esta comunicación sobrenatural se actualiza en cada creyente y en el cursillista: las Personas divinas son el fundamento de la vida cristiana, sostenida y alimentada por la Liturgia. Lo recordaba san Juan Pablo II: “La Liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Cristo, es necesario mantener constantemente viva la afirmación del discípulo ante la presencia misteriosa de Cristo: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7)”.[7]

 

III.- Salvación por Gracia: «Estáis salvados por pura gracia» (Ef 2,4)

Ideas Fundamentales la señala como segundo elemento de lo fundamental cristiano.[8] La novedad radical del Cursillo de Cristiandad consistió en que “manteniendo intacta la letra de realizaciones y elementos anteriores, cambió, sin embargo, totalmente su sentido. Los Cursillos adquirieron un acento y una dinámica nueva, a la luz de los Rollos Místicos, que centran la proclamación evangélica en la doctrina de la Gracia, dentro de un contexto vivencial que ayuda a experimentar, en la propia vida, la fuerza transformadora de esa realidad singular.[9]

 

La gracia, expresión de la misericordia eterna de Dios, es cierta comunicación al alma que tiende a constituir al hombre en hijo de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo[10]. La madurez cristiana radica en el pleno desarrollo de la caridad, animada y sostenida por la gracia, participando místicamente de la misma esencia de Dios, por obra de Cristo. Él nos sana del pecado, nos eleva a la amistad actual con Dios Padre y nos sostiene en el Espíritu. Esta vida se inicia en el Bautismo, se perfecciona con la efusión del Espíritu en la Confirmación, se alimenta con la Eucaristía, y se repara con la Reconciliación.

 

IV.- Espiritualidad comunitaria y eclesial. Vivir la pertenencia y el amor a la Iglesia

Cursillos considera, entre lo fundamental cristiano, a “la Iglesia, como lugar en que se encuentra a Cristo, y en Cristo al Padre, y como espacio en que ser cristiano; Cuerpo Místico de Cristo y sacramento universal de salvación donde Cristo manifiesta y realiza el misterio de amor de Dios hacia la humanidad”.[11] De ahí surge una espiritualidad comunitaria y eclesial: La vida cristiana se despliega en torno a los apóstoles y con los hermanos (cf. Hch 2,42). Además, “Dios ha querido santificar y salvar a los hombres no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente”.[12]

 

San Pablo fue hombre de Iglesia y para la Iglesia. Cursillos desea cultivar una relación de amor intenso y real a la Iglesia. Debemos revitalizar nuestra adhesión a la comunidad creyente, teniendo en cuenta aquellos cuatro pilares del Vaticano II: “A […] la Iglesia se incorporan plenamente quienes […] están unidos con Cristo, que la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y la comunión eclesiástica.[13] La pertenencia a la Iglesia es una adhesión del corazón, alimentada por el encuentro con Cristo y la oración, apoyada por la predicación del evangelio y la celebración de los sacramentos.

 

La santísima Virgen María ocupa un lugar central en el misterio de Cristo y de la Iglesia.[14] Dios mismo quiso que estuviera presente: cuando decidió enviar a su Hijo al mundo hizo que naciera de una mujer (cf. Gál 4,4), y esa mujer es María. Ella es madre que nos da al Hijo y mediadora para ir al Padre, por medio de Cristo en el Espíritu. Por eso, en la vida y en la espiritualidad del cursillista tiene un lugar preferente la Madre de Dios y madre nuestra, que desempeña una misión única en la Historia de la Salvación, de la Iglesia y de todo creyente. Es ejemplo incomparable en el camino de la fe, y como madre nos congrega en la unidad. Ella ocupó un lugar importante en la génesis de nuestro Movimiento, y en la espiritualidad y vida de sus Iniciadores.[15]

 

V.- Comunión en la verdad

Otro aspecto de nuestra espiritualidad. La verdad viene de Dios y a Él conduce; es uno de los nombres de Dios. Todo camino que lleva a la verdad es bendecido por Dios y prepara al encuentro con Cristo, que es la Verdad encarnada del Padre, el sentido real de la creación y de cada ser humano. El Espíritu une a los creyentes con Cristo y entre sí; Él, como principio de unidad y diversidad, unifica a la Iglesia en comunión y ministerio.[16] Estamos llamados a construir y a mantener la unidad, condición indispensable para la evangelización y la vida de Cursillos. Si no vivimos la unidad, no seremos creíbles en el anuncio del mensaje cristiano.

 

Dios nos convoca a hacer de Cursillos una casa y escuela de comunión. El cimiento es la verdad: Cristo. Como parte de la Iglesia, Cursillos está llamado a ser lugar de unidad y de comunión en la Verdad. Es preciso orar para que el Espíritu nos guíe a acoger la verdad transmitida en la Iglesia y a vencer la tendencia a seguir verdades propias y particulares. Peregrinemos en la verdad, pensemos, honremos, digamos y practiquemos la verdad; obremos según la verdad. Somos enviados como testigos de Cristo (cf. Mt 5,14-16); de ahí que no podamos pactar con la mentira o con verdades a medias, ni con posibles compromisos o consensos que no responden a la verdad y deterioran la comunión eclesial en lugar de reforzarla.

 

VI.- Llamada a la santidad: “¡A Santiago, santos!”[17]

La santidad, una de las notas de Dios, es absoluta: Él no tiene comparación con nada ni nadie; y es sobrenatural, supera todo límite humano. Dios se ha acercado al hombre para comunicarnos la amistad con Él. Así nuestra vida adquiere un sentido definitivo: ser «santos como el Padre celestial es santo»  (cf. Mt 5,48). Esta decisión libre de Dios comporta una urgente llamada práctica a la santidad. El Magisterio invita con insistencia a no conformarnos con la mediocridad, a desarrollar al máximo nuestro Bautismo, a llevar a cumplimiento la elección: «Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante Él por el amor» (Ef 1,4).

 

La experiencia puede llevarnos a pensar que la perfección es muy difícil, prácticamente imposible, reservada a unos pocos privilegiados. La respuesta del Evangelio es doble: la iniciativa de nuestra santificación viene de Dios, el Señor nos concede la gracia de entrar por ese camino; asimismo, el Señor nos da la fuerza para permanecer en él. Nuestra parte es secundar su iniciativa, con humilde obediencia a sus mandatos, muriendo a nuestros criterios y manteniéndonos en una vida nueva que es pura gracia, puro don de Dios.

 

VII.- Celo evangelizador incansable: “¡Desde Santiago, santos y apóstoles!”

Otra nota esencial en la espiritualidad de Cursillos: la nueva vida en Cristo nos transforma en apóstoles incansables. El encuentro con Cristo orientó la vida de san Pablo de manera definitiva, que se tradujo en incesante actividad misionera. En el Cursillo se expresa esa vocación y el envío correspondiente cuando, al finalizar, se entrega al cursillista la cruz, con estas palabras: «Cristo cuenta contigo». Desde entonces está llamado a responder con la vida a aquello que Dios ha puesto en su corazón al escuchar el Evangelio y participar del Misterio pascual. Esta respuesta se lleva a cabo caminando con la comunidad eclesial, desde la confianza en el Señor y su gracia, anunciando [y viviendo] el mensaje trasformador del Evangelio del Señor.

 

En esta época de pensamiento y compromiso débiles, en estos “tiempos líquidos”[18], ¿dónde hallar la motivación para evangelizar sin desfallecer? Responde el papa Francisco: La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos experimentado, la experiencia de su salvación que nos lleva a corresponder a su amor inmenso y a compartir ese tesoro con los demás a través de la palabra y el testimonio. Es preciso que antes nos pongamos en su presencia, con el corazón abierto, en oración profunda, en el diálogo del tú a tú, para [luego] comunicar a los demás lo que hemos contemplado. Esta motivación ha de renovarse constantemente, manteniendo viva la llama de la amistad con el Señor y estrenando cada día nuestro celo evangelizador.[19]

La evangelización es la primera obra de misericordia de la Iglesia con el mundo y con cada persona, porque hace presentes la palabra y la persona de Cristo. “Evangelizar constituye el gozo y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda.”[20] Cursillos es fruto de un carisma particular en orden a la evangelización. Dijo san Juan Pablo II: «La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!».[21] Evangelizadores infatigables: he aquí la consecuencia de una vida de fe adulta, de una caridad ardiente, la respuesta generosa a la llamada de Cristo.

VIII.- Desinstalación. Peregrinar en fe y esperanza

Recordábamos antes que Cursillos surgió en Mallorca en la década de los años 40 del siglo XX a partir de la preparación de la peregrinación de los Jóvenes de Acción Católica a Santiago de Compostela, que desencadenó y canalizó un poderoso caudal de energías. El Movimiento está impregnado del ideal peregrinante de aquellos jóvenes mallorquines. Continúa viva en nuestro espíritu y mentalidad la definición que acuñó el venerable Manuel Aparici, gran impulsor de esa peregrinación: “Peregrinar es caminar por Cristo al Padre, a impulsos del Espíritu Santo, con la ayuda de María y llevando consigo a los hermanos.[22]

La vida humana es una gran peregrinación hacia Dios y en este camino estamos llamados a desprendernos de aquellos complementos que, si bien son legítimos, no son substanciales. De hecho, Cristo nos mandó ir sin ayudas materiales, sólo con la fuerza de su Palabra y la confianza puesta en la voluntad del Padre. La Escritura propone algunas peregrinaciones que ejemplifican esta disposición; especialmente señalemos a san Pablo, que recorrió toda la cuenca del Mediterráneo para predicar el Evangelio, fundando comunidades cristianas. Sólo con la palabra de la fe y su confianza en Dios por Jesucristo tuvo suficiente para vivir su ministerio apostólico hasta el final.

Destacamos también la importancia de la esperanza, aquella fuerza o virtud que Dios imprime en el alma para anhelar la plena realización de sus planes, pese a que humanamente no sean viables. Abrahán confió y se abandonó en manos de Dios, así recibió una descendencia innumerable. La cantó también David en los salmos de la Biblia. Así lo han hecho los santos a lo largo de los siglos, cuando la situación requería instrumentos dóciles a la voluntad de Dios, “contra toda esperanza”. Dios concede sus bienes, de tal modo que, olvidados del pasado, vivamos con intensidad el presente, lanzados hacia el futuro de la plenitud del amor divino.

 

IX.- Alegría

Una de las características de la peregrinación hacia Jerusalén, según indican los salmos, es la alegría: «Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor» (Sal 122,1). La fiesta es ocasión para la comunicación y el descanso del alma, y ruptura de la rutina cotidiana; un espacio de expresión personal que da lugar a reavivar las relaciones desde la espontaneidad y la convivencia. La alegría es una de las notas características del peregrino cristiano: Jesús cantó ese salmo cuando subió a Jerusalén para su Pasión (cf. Lc 19,41), y también María, camino de Ain-Karim. Ambas entonan un grito profético que interpela las conciencias para no aposentarse en los criterios de este mundo, para estimular a ir más allá: a la conquista del ambiente para gloria de Dios. Recordemos la primera línea fundamental del nervio ideológico del Cursillo: “Un concepto triunfal del cristianismo, que es el único exacto y verdadero, como solución integral de todos los problemas humanos, en contraposición con la concepción aburguesada, estática, conformista e inoperante, que de cristiana no tiene sino el nombre que usurpa”.[23]

Este talante alegre y esperanzado oxigena las relaciones interpersonales, ayuda a superar la barrera de las estructuras sociales y facilita una dinámica de convivencia en paz y amor. Fuente de la alegría es la experiencia del amor de Dios, que llena el corazón y propicia una relación de armonía con Dios, consigo mismo y con los demás. Es la alegría del triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, que nos alcanza una vida nueva y aporta soluciones concretas a todos los problemas y situaciones de la vida. Es característica de la vida cristiana auténtica, aunque no falten pruebas y dificultades en el camino. La alegría, finalmente, tiene una gran fuerza evangelizadora.

 

X.- La amistad: Cristo, fuente de nuestras relaciones interpersonales

Comenzábamos recordando que el carisma de Cursillos “promueve grupos de cristianos que fermenten de evangelio los ambientes, a través de la amistad”[24]. Es una capital experiencia humana, que nosotros consideramos desde una perspectiva de fe. El libro del Eclesiástico (6,14) señala que «un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro». La Escritura nos revela que Dios ha entrado en la historia humana y se ha manifestado en una relación de amistad, por ejemplo, en los casos de Abraham y Moisés. Más aún, la encarnación del Verbo eterno es la prueba de que Dios envió a su Hijo a fin de elevar a las criaturas a una relación de amistad con Él.

La entrega del Señor Jesús posibilita esta amistad. Él llega a decir: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15). El mensaje cristiano proclama que una amistad sobrenatural es posible entre seres humanos porque Dios mismo se ha ofrecido a ellos como amigo.[25] Santo Tomás afirma que las relaciones entre Dios y los hombres, llamadas de caridad, son relaciones de amistad.[26] Si el hombre consiente en ser elevado por la Gracia al amor de amistad puede vivir una relación de intimidad con Dios en Cristo.

 

La amistad cristiana es una capacidad nueva de amar a los hombres. Los filósofos de la antigüedad pensaban que era imprescindible una larga experiencia de trato para llegar a una auténtica amistad[27]; en cambio, la vivencia cristiana muestra que el Espíritu Santo transforma la afectividad personal, crea un corazón nuevo, y propicia la vivencia y la relación de amistad que, a través de la caridad, trasciende la mera relación humana agradable y se proyecta en un horizonte de fraternidad comunitaria y eclesial: «El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común» (He 4,32).

La amistad es un elemento esencial en Cursillos. Los Iniciadores, además de vivir su relación con Dios y con los hermanos como amistad cristiana, descubrieron en la amistad un camino excepcional y privilegiado para la evangelización.[28] Lo destaca Eduardo Bonnín: “La relación de amistad es la forma genuinamente humana y genuinamente evangélica de comunicación entre los hombres. Es la forma que tiene Dios de relacionarse con el hombre y la mejor que puede tener el hombre de relacionarse tanto con Dios como con los demás.”[29]

Exhortación final

El Obispo Consiliario terminaba recordando el Mensaje de Cristo al cursillista, de la meditación del tercer día del Cursillo: «A vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca» (Jn 15,15-16). Amistad con Cristo, comunión de vida con Él, envío misionero y fruto abundante. Cristo cuenta con nosotros, nos ha elegido y nos envía a dar un fruto abundante y duradero. Pero sólo podremos dar fruto si vivimos profundamente unidos a Él. Es absolutamente indispensable permanecer unidos a Jesús, porque sin Él no podemos hacer nada (cf. Jn 15, 5).

 

Sin Cristo no podemos nada, pero con Él lo podemos todo. Nos llama a vivir en plenitud de unión con Él y en santidad. El secreto de la fecundidad en el apostolado es la unión con Dios, que se nutre en la oración, en la meditación de la Palabra, en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía; unión que se realiza también en el compartir con los hermanos y en la atención a los más pobres y pequeños. Éste es el camino de la auténtica espiritualidad, que nos lleva a la identificación con Cristo, y por Cristo al Padre, movidos por el Espíritu. El auténtico apóstol vive la comunión con el Señor y se deja mover por su Espíritu. A la vez, el verdadero hombre espiritual, el santo, comparte con los demás el tesoro del amor de Dios que ha descubierto, y les comunica el gozo de la vida de gracia.

 

El Papa Francisco, en el encuentro con Cursillos en el Aula Pablo VI el jueves 30 de abril de 2015, en el marco de la III Ultreya Europea, nos dijo: “¡Los animo a ir ‘siempre más allá’, fieles a su carisma!…”.[30] Nos alienta para que sigamos haciendo fructificar dicho carisma, para ayudar a los demás a crecer en la fe, reconociendo que todo es gracia y ofreciendo el testimonio de las maravillas que el Señor ha obrado en nuestra vida, desde la vivencia de la amistad con Dios y con los hermanos. Siempre “más allá” [¡ultreya!], hasta llegar a los que están lejos, saliendo de nuestras zonas de confort y aventurándonos en las periferias geográficas y existenciales, que tanto necesitan la luz del Evangelio. María, Madre de la divina Gracia, estrella de la Nueva Evangelización, nos acompañe en nuestro camino de espiritualidad y de apostolado.

 

[1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, 1; Cf. R. Guardini, La esencia del cristianismo, Madrid (1977), 19; 46-47).

      [2] Cf. Ibidem n. 11

[3] IFMCC, 3ª redacción, n. 98

      [4] J. Hervás, Interrogantes y problemas de los Cursillos de Cristiandad, 57-58 [cita abreviada].

[5] Cf. J. RIVERA – J. M. IRABURU, o.c., 268

[6] Cf. J. Castellano, Liturgia y vida espiritual. Teología, celebración, experiencia (BL 27), Barcelona: CPL 2006, 45-46.

[7] San Juan Pablo II, Carta apostólica Vicesimus quintus annus (4 diciembre 1988), 10 [abreviado].

      [8] IFMCC, 3ª redacción, n. 98.

[9] J. Capó – F. Suárez, Líneas básicas del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, Madrid 1972, 11.

[10] Cf. J. Rivera – J. M. Iraburu, o.c., 271.

      [11] IFMCC, 3ª redacción, n. 98 [Cita levemente retocada].

[12] Lumen gentium 9a; Gaudium et spes, 32,a.

[13] Concilio ecuménico Vaticano II, Constitución Lumen Gentium, 14.

      [14] Cf. Lumen Gentium, cap. VIII.

      [15] Cf. J. A. SAIZ MENESES,  Los Cursillos de Cristiandad. Génesis y teologia,  Madrid 2006, 53-57.

[16] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Dogmática Lumen Gentium, n. 4.

[17] Al regreso de la peregrinación a Santiago, en verano de 1948, el Delegado Episcopal para la misma y Consiliario de los Jóvenes de Acción Católica de Mallorca, Sebastián Gayá, fue llevado al balcón del Ayuntamiento de Palma que da a la Plaza de Cort, para dirigir una última alocución a los 700 peregrinos isleños y a la multitud de quienes habían salido al puerto a recibirlos. En ella, partiendo del lema de M. Aparici para la peregrinación (¡A Santiago santos!), formuló la frase que proféticamente sintetizaba la novedad de lo que estaba naciendo, que más tarde llamaríamos “Cursillos”: “¡A Santiago santos, desde Santiago, santos y apóstoles!”. Esto quedó reflejado en las páginas centrales de la siguiente revista PROA de Mallorca (nn. 118-119; septiembre-octubre de 1948), en sendos artículos del Presidente Bonnín (De cara al ayer) y del Consiliario Gayá (De cara al mañana). A las dos partes de esa célebre frase se refieren los títulos de este apartado y del siguiente de nuestra conferencia [Nota de PROA-Madrid].

[18] El sociólogo Zygmunt Bauman ha acuñado la metáfora de la «liquidez» para describir el mundo contemporáneo. Hemos pasado de una modernidad «sólida» y estable a una posmodernidad «líquida» y voluble, en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marcos de referencia para los actos humanos. Este nuevo marco implica la fragmentación de las vidas, la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista, marcada por las relaciones transitorias en las que no se mantienen ni los compromisos ni las lealtades.

[19] Cf. Evagelii Gaudium nn. 264-266

[20] PABLO VI, Carta Encíclica Evangelii Nuntiandi, n. 14

[21] Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, n. 2

      [22] Definición de M. Aparici plasmada en la primera página de nuestra Guía del Peregrino [Nota de PROA].

[23] EDUARDO BONNIN y MIGUEL FERNÁNDEZ, El cómo y el porqué, Madrid 1973, p. 16 ss.

[24] IFMCC, 3ª redacción, n. 40

     [25] Cf. T. GOFFI, Amistad, en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Madrid 1991, pp. 46-65,

     [26] Cf. Summa Theologiae II-1I, q 23, a 1

     [27] Cf. ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, VIII, 3.6.

    [28] IFMCC, 3ª redacción, 193-194.

        [29] E. Bonnín Aguiló, Reflexiones. Vol II: En busca de uno mismo, Palma de Mallorca 2014, 75.

       [30] PAPA FRANCISCO, Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes en el curso de formación [III Ultreya Europea] del Movimiento de Cursillos de Cristiandad, 30 de abril de 2015.