PASCUA DE JÓVENES

“Cristo ha resucitado y todo tiene un sentido”

Rocío Martínez

Un año más, tras la Cuaresma, nos preparamos para el acontecimiento del año: la muerte y resurrección de Jesucristo. Cuando me inscribí para esta Pascua nunca imaginé la experiencia tan preciosa que estaba a punto de llegar. Este año he podido vivirla con los jóvenes de nuestra Comunidad en Guadalajara. Tengo 22 años y es la primera vez que he participado en la Pascua de Jóvenes. Hice mi Cursillo del 5 al 8 de octubre del pasado año y he estado asistiendo a la ultreya de Cristo Sacerdote hasta enero, cuando me fui como estudiante de Erasmus a Bélgica, con todo lo que esto conlleva. Allí sola no es fácil poner a Jesucristo en el centro de mi vida a cada momento y así pasó. Fui apartándole poco a poco, y antes de ir a esta Pascua mi ideal ya no era Él.

Recién aterrizada y con los nervios a flor de piel por la incertidumbre de cómo iba a ser esta Pascua, con muchas dudas por otro lado de si era el lugar donde tenía que vivirla, nos encontramos todos los jóvenes en la sala de rollos ante el lema JESUCRISTO nos amó y nos ha librado por su SANGRE.  Era el momento de presentarse y decir qué esperábamos de la Pascua. Yo lo tenía claro: acercarme al Señor.

El Jueves Santo, también conocido como el día del amor fraterno, recordamos especialmente el lavatorio de pies, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio. Me siento profundamente amada al saber que Dios nos lava los pies mirándonos cara a cara, sabiendo cómo estamos cada uno de nosotros. ¿Y tú? ¿Lavas los pies al prójimo sabiendo cómo está y así poder ayudarle? Que no quede en un simple gesto de buenismo.  Esto me hacía pensar en cuántas veces lavo los pies y me preocupo de cómo está el de enfrente, o si simplemente le presto mi ayuda y finalmente todo queda en un gesto más, vacío de amor.

Cristo nos deja la misión de amar a los que nos rodean de la misma forma en la que Él lo hace. Porque no hay mejor forma de amar, ni más grande que la suya. Y tanto nos amó que instauró la Eucaristía y el sacerdocio para hacer presente día a día ese amor. Por ello hay que cuidarlo.

Así llegó el Viernes Santo por la mañana. En este día fui consciente de que Dios cuenta con nuestro pecado y con nuestras debilidades y que, a pesar de todo, envió a su Hijo, Jesús, a cargar con nuestras cruces. Fue en este momento cuando abrí los ojos y me di cuenta de todas aquellas veces que cargo con mis cruces sola y termino cayendo, y sin embargo, cuando dejo que Cristo cargue con ellas, la forma de afrontarlas y cargarlas es más ligera; de ahí lo importante que es acogerlas siempre desde la esperanza, como lo hizo María. Esa misma tarde tuvimos la visita de las hermanas de Villa Teresita, una comunidad que ayuda a todas las mujeres que han sido víctimas de trata y prostitución. Verdaderamente, a pesar de lo que estas mujeres han sufrido, viven con la esperanza y la fe puestas en el Señor. Las hermanas de esta comunidad les dan la oportunidad de poder cambiar sus vidas, compartiendo el día a día en la comunidad y rodeadas del amor de Cristo. Esto es un claro ejemplo de esperanza, sabiendo que con Dios las debilidades y las cruces que cargamos cada día son más llevaderas.

Y por supuesto, no puedo pasar por alto la adoración a la cruz, un momento que no había vivido nunca y del que, tras un largo día en el que abrazamos nuestras cruces, pude presentárselas a Jesucristo y dejárselas en la cruz para pedirle a Cristo que nos ayude a cargar con todas ellas, y no solo con las mías, sino con las de otro joven por el cual tuvimos que rezar.

Amanecemos el Sábado Santo, un día de luto y tristeza porque Cristo ha muerto, un día donde estamos llamados a permanecer al lado del sepulcro como lo hizo la Virgen. Ella es el ejemplo de confianza en la salvación. Cristo ha muerto en la cruz para bajar a las oscuridades de mi vida y salvarme. Y gracias a Dios, me ha sacado de las tinieblas tantas veces… Solo su gracia nos ayuda a seguir. Esa misma tarde tuvimos la visita de uno de los obispos auxiliares de Madrid, don Santos, quien acogió con mucho cariño todas aquellas cuestiones que como jóvenes que formamos la Iglesia teníamos en ese momento. Fue una gran experiencia poder conversar y expresar nuestros sentimientos, ya que no todos los días tenemos la oportunidad de mantener una conversación con un obispo.

Y llegó la Vigilia Pascual, el momento culmen de la Pascua. Celebramos que nada había acabado con la muerte en la cruz, sino que ¡había RESUCITADO! ALELUYA. Fue un momento de alegría que llenó mi corazón, por saber que Cristo había resucitado y que todo tenía un sentido. Que a pesar de todo lo que ocurrió, Dios nos ama y resucitó. Y no solo resucitó y lo celebramos, sino que también resucitó en mi corazón. Volvió y vuelve a estar dentro de mí, en mi vida, porque me ha demostrado que yo sola no puedo, que necesito a Jesucristo en mi vida, que mis cruces son muy pesadas si las intento cargar yo sola, que no hay amor más grande que darse a los demás y entregar la vida por el Señor.

Ahora es el momento de volver a la rutina y retomar nuestras vidas; en mi caso, volver a Bélgica. Vuelvo sabiendo que necesito a Cristo en mi vida, y que mis cruces allí serán más llevaderas siempre que tenga al Señor en mi vida.

Doy gracias a Dios por darme el regalo de vivir esta Pascua que ha hecho que recoloque mi Ideal en Él, doy gracias por todo el equipo que ha hecho posible estos cuatro días; al coro, ya que cantando se ora dos veces, y a los sacerdotes, tanto a Jaime que ha estado durante toda la Pascua como a los que han venido para estar al servicio de todos nosotros. Ahora, Señor, te pido que derrames tu Gracia sobre todos nosotros para hacer presente tu Reino y proclamar la alegría de que ¡JESUCRISTO HA RESUCITADO!