Miguel Torres Galera

 

Hace unos días, en una reunión de amigos debatíamos sobre el hecho religioso de la Navidad. Cada cual daba su opinión de la manera que mejor sabía, hasta que uno, con expresión compungida, espetó a los presentes: “¡Pero qué es eso, que yo nunca he sentido, de tener «experiencia de Dios»!”. La verdad es que nos quedamos sorprendidos, a la vez que mudos, por aquella salida inesperada. Tras unos instantes, que se hicieron interminables, alguien tomó la palabra y argumentó algo parecido a que la experiencia de Dios no se identifica, necesariamente, con la «experiencia religiosa», pues se puede tener la segunda sin tener la primera.

 

Lo cierto es que durante estos días he tenido ocasión de meditar sobre esta cuestión, que me resulta muy atrayente a la vez que compleja. Ello trae a mi memoria una frase que pronunciara el Papa Benedicto XVI, en una de sus alocuciones de los miércoles: “Sin oración no hay experiencia de Dios”. La razón de tal aseveración es que la oración nos lleva a la intimidad, al encuentro profundo y sincero con Dios. En la oración valoramos también la acción amorosa de Dios. Decía San Agustín que “Dios está más íntimo a ti que tú mismo”. Y es que ese Dios tan íntimo a uno mismo se le descubre, sobre todo, en la oración, a través de la cual se llega a tener una experiencia de Él, de su ser y de su hacer.

 

Mi amigo achacaba, en exclusividad, la experiencia de Dios a los santos. Yo considero que esto es cierto a medias, ya que si los santos han tenido experiencia de Dios es porque han orado mucho. Esto es compatible con otras muchas personas anónimas que a través de la oración han tenido y tienen “experiencia de Dios”. Al fin y al cabo todos estamos llamados a ser santos. Precisamente el Papa Francisco nos recordaba en el Adviento pasado que “la santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él… La santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano”.

 

Por desgracia, no son muchos los cristianos que puedan afirmar que tienen verdadera “experiencia de Dios”. Eso habla en realidad de una fe poco vigorosa. Habla de una fe que se alimenta solo de unos pocos conocimientos, lo cual lleva a una relación con Dios manifiestamente mejorable y, por tanto, con un resultado poco gratificante.

 

Concluyo este comentario dando gracias a Nuestro Señor por regalarme su gracia, siempre inmerecida. Por permitirme gozar de su presencia cuando le busco en la intimidad de mi corazón. Y, sobre todo, por contar conmigo una vez más en la tarea evangelizadora a través de un Cursillo de Cristiandad, como lo hizo en el pasado Adviento. Así, con el corazón henchido por Su gracia derramada, puedo decir que la experiencia divina es gratuita, aunque no fácil. Porque a pesar de mi debilidad, Cristo siempre me responde: «Te basta mi gracia».