La mirada de Dios

Cuántas veces me he preguntado, ¿cómo es que Dios parece que mira a los ojos de algunas de sus criaturas y con otras es como si se hiciera el esquivo? Porque no cabe la menor duda que cuando el Señor mira cara a cara al hombre, éste no permanece indiferente: su corazón y todo su ser se conmueve de tal manera que experimenta un terremoto interior. Así lo creo porque así lo he experimentado en primera persona: la mirada de Dios se ha fijado en mí y la luz de su Espíritu ha iluminado mi corazón y mi vida.

Lo cierto es que la respuesta a esta pregunta no es fácil. Es más, creo que la razón humana no está en condiciones de responderla por mucha ciencia que posea. La única respuesta plausible –según mi humilde entender– está en la misericordia de Dios. Con Él todo se puede; sin su providencia cualquier esfuerzo es inútil. Además está nuestra libertad, ese don maravilloso que el Creador nos ha regalado y del que nos valemos para afrontar la aventura de la vida. Libertad mediante la cual podemos decidir si vivirla de la mano de Dios o llevar una existencia en su ausencia. Y es en este segundo caso cuando mi pregunta se hace presente: ¿por qué Dios mira a unas criaturas y las rescata y con otras esa mirada no se manifiesta…?

El Salmo 8 siempre me ha conmovido, en especial el versículo quinto que dice: «¿Qué es el hombre para que pienses en él, / el ser humano para que lo cuides?» Esto viene a cuento de algo que me ocurrió hace algunos meses cuando me presentaron a una mujer joven, de poco más de treinta años, soltera, con estudios superiores y un excelente empleo. La joven deseaba ser bautizada porque manifestaba sentirse muy cerca de Nuestro Señor Jesucristo. Deseaba recibir catequesis y recibir los sacramentos de iniciación para poder formar parte del Pueblo de Dios. Fue un encuentro muy agradable. Le agradecí a mi cura párroco su confianza y desde entonces la imparto, junto con otras personas, la catequesis preceptiva para poder pertenecer a la Iglesia Católica (yo creo, sinceramente, que el Señor ya la tiene entre sus predilectos).

Gracias a Dios, esta no es la única experiencia que he tenido de este tipo. Llevo algún tiempo dando catequesis de bautismo y confirmación a adultos en mi parroquia de San Antonio del Retiro. Es una experiencia muy enriquecedora. A través de estos testimonios de conversión es muy fácil comprobar cómo la mirada de Dios nos enamora. ¡Cuánta gloria hay que dar a Nuestro Señor! Él nos ha enseñado que su mirada transforma y embelesa. Lo hizo con los apóstoles, con Zaqueo, con la Magdalena, con la samaritana, con tantos y tantos sobre los que su sola mirada les cambió la vida…

Es cierto que nos son muchas las personas adultas que se acercan hoy en día a nuestras parroquias para solicitar el bautismo. Mi experiencia me indica que la mayoría son mujeres jóvenes y extranjeras, pero todas tienen en común haber recibido la mirada de Dios de manera singular. Como es obvio, detrás de cada conversión subyace una historia personal. En todo caso, lo que más me sorprende es cómo se sienten liberadas de cadenas interiores, toda vez que recuperan la esperanza y la ilusión por la vida a pesar de sus cruces.

Verdaderamente Dios nos mira –a todos, sin excepción–  más, mucho más, infinitamente más de lo que nosotros podamos imaginar. Tanto nos mira y nos ha mirado que ya nos pensó y nos vio antes de la creación del mundo. Pero Él nos ama así, libres, para que podamos decidir dónde poner nuestro corazón. Es por eso que una gran alegría recorre el Cielo cada vez que un pecador reconoce al Padre, le pide perdón y se acoge con humildad a su tutela (Lucas 15,7).

La mirada de Dios es, en definitiva, nuestra propia conciencia, y en ella se refleja nuestra capacidad de comprender que sin Él nada tiene sentido. De la misma manera que el que ama sólo desea permanecer junto a su amado, el amor a Dios se manifiesta a través de su mirada. Qué hermosamente lo expresara Santa Teresa de Jesús cuando aconsejaba a los orantes en “El Castillo Interior” o “Las Moradas”: «Se esté allí con Él, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con Él». ¡Maravilloso! La Santa de Ávila nos viene a decir, en lenguaje de hoy, que quien nos mira, quiere ser mirado. «Mire que le mira».

Miguel Torres Galera.

2018-07-27T10:42:43+00:00

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