Testimonio: David Ramos

“Lo que de verdad necesitamos es una vida con Cristo”

Me llamo David Ramos García y tengo 23 años. Hice mi Cursillo en febrero de 2017 por recomendación del padre Fernando Murga, gran amigo y director espiritual desde el mes de diciembre del año anterior. El Cursillo supuso para mí conocer a Cristo. Yo había sido un chico con formación cristiana y una madre muy piadosa, pero a pesar de toda la información que tenía, sólo era un teórico, jamás había conocido a Cristo cara a cara. Conocerle de tú a tú y saber que te ama, que te aprecia, que le eres valioso, solo por lo que tú eres, con tus defectos, virtudes e historia personal… eso fue un vuelco en mi vida, necesitaba saber que alguien me quería, no solo por ser mi madre, mi padre, mi hermano, que aunque te quieren sinceramente parece que hay algo de compromiso. No, yo necesitaba saber que había alguien que me amaba con todo lo que soy. Debo decir que la que me abrió las puertas a todo este conocimiento del amor que Cristo sentía por mí fue primero su Madre, a la que tanto había denigrado y expulsado de mi vida, y que con la sutileza y el cariño que tienen a bien las madres con los hijos, me mostró el camino a su Hijo de nuevo. Y creo que Cristo también lo quiso así: quería que antes de encontrarme con Él me reconciliara con su Madre.

Empecé a ir a la ultreya de Santa María Micaela, y también a las reuniones de mi Cursillo, pero al poco tiempo me fui de cooperante fuera del país. Lo hice porque necesitaba practicar las obras de misericordia; había hecho tanto daño a gente que me quería, que no se lo merecían, que necesitaba, aunque ya perdonado, seguir expiando mi culpa. La oportunidad, como bien pienso ahora, no surgió de casualidad. Ya no creo en ella, pienso que todo sucede por algo, la “Providencia”. Al salir de mi Cursillo, un conocido dominico me avisó de que había quedado vacante una plaza en un viaje a Tierra Santa. Fueron dos semanas recorriendo Tierra Santa a pie, andando por donde debió andar Nuestro Señor cuando estuvo entre nosotros. En la parada en Nazaret conocimos a Sor Dorita y Sor Isaura, dos Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que se encargan muy laboriosamente del hospital francés de Nazaret. El área de geriatría y neonatos fue lo que más honda impresión causo en mi corazón; después de meditarlo en la Basílica de la Anunciación, esa misma noche hablé con las sores para ver cómo podía volver y echar una mano en lo que fuese.

Desde la vuelta, sólo tenía un objetivo en mente; por alguna razón, en Tierra Santa sentí muy profundo al Señor, y con las imágenes del hospital, otra comunidad que tenían las hermanas en Ein-Karem, una familia cristiana que conocí en Haifa, los totry-durr, y otras experiencias, tenía que volver. Muchos me tomaron por loco: ir a un país extranjero, sin conocer el idioma, con un nivel pésimo de inglés, y trabajar a cambio de nada, durante casi 4 meses que era mi intención… Todos me tomaban por loco, pero algo en mí me decía que tenía que hacerlo.

El viaje fue muy duro. El primer problema fue que como el tiempo excedía el permitido como turista en el país, no querían dejarme montar en el avión porque me dijeron que cuando llegara a Tel Aviv, lo más seguro es que me arrestasen en el aeropuerto y me devolvieran a España. Llevaba poco dinero, menos de 150 euros para tanto tiempo, no sabía el idioma… Pero por alguna razón que sólo Dios sabe, llegué sano y salvo, no me faltó de nada e incluso regresé con dinero, me dieron la oportunidad de trabajar en geriatría, mejore muchísimo mi ingles y ya estaba chapurreando algo de árabe y hebreo… Pude hacer de todos esos pacientes y trabajadores del hospital como propios miembros de mi familia.

No quería volver a España, y aunque intenté de mil formas quedarme, no pudo ser. Después de lo vivido, sabía que mi vida no podía seguir igual. El Señor, sirviéndose de las personas y los hechos que viví allí, me hizo saber cuál era mi carisma: darme a los demás. En ello encontraba mis fuerzas, mi sentido en la vida, en los enfermos encontraba cada día a mi Cristo crucificado, apaleado, humillado. En ellos encontré mis fuerzas, en ellos encontré pasión, así que cuando regresé dejé todo atrás, mi carrera doble en Filología Clásica e Historia, y conseguí entrar, gracias a Dios, en Enfermería. Dejé de cultivar mi mente para mi propio bagaje cultural para  poder dar de lo aprendido, consuelo y asistencia a otros.

De todas estas experiencias que Dios me ha regalado saco en claro tres cosas: que el Señor se vale de muchos ángeles, con nombre y apellidos, para ir guiando nuestro camino,  que no es nuestro si no suyo, porque es para su mayor gloria. En este camino he conocido a tantos ángeles que podría montar una cohorte celestial entera. En segundo lugar, que nunca seremos felices con lo que tenemos; sé que en un mundo como el de ahora la idea es tener más, más y más, pero no es eso lo que necesitamos: lo que de verdad necesitamos es una vida con Cristo, con Dios, que sea Cristo el que viva en nosotros y que lo que tengamos sea de Él, solo de Él. Nuestras alegrías, nuestros pesares, que todo sea de Él. Y tercero y último, no debemos olvidar a los hombres, ellos son nuestros hermanos, son dones de Dios, debemos cuidarlos, amarlos, sentirlos como nuestros.

2018-03-22T12:26:25+00:00

2 Comments

  1. Fernando 9 abril, 2018 at 13:52 - Reply

    Gracias David, gente como tu,es la que todavía me hace creer en la humanidad, a pesar de que lo que vemos día a día, es lo contrario a lo que tú has hecho.

  2. Arancha Matamala 9 abril, 2018 at 23:26 - Reply

    Qué suerte sentirse realizado

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