5ª Ultreya Mundial de Fátima “Es la hora de los Cursillos”

“El Señor guarda a los Peregrinos”, dice el salmo 145, y así es exactamente como he vivido este acontecimiento.

Durante esta peregrinación a Fátima para celebrar junto a miles de cursillistas de todo el planeta la V Ultreya Mundial, me he sentido cuidado, amado en primera persona, y no sólo por el Señor sino por cada uno de los miembros de la peregrinación que nos desplazamos desde Madrid.

Miles de cursillistas nos hemos calzado las botas, dejando el sillón, para ponernos a los pies de nuestra Madre, a la que se ha consagrado nuevamente este Movimiento, hemos rezado y hemos manifestado nuestra alegría de ser Iglesia.

Qué feliz debe de estar nuestra Madre por habernos visto allí, por encima de piel, raza, diferencias, peregrinando, abandonando nuestro quehacer diario para dejarnos caer en sus brazos.

Hace más de un año que sonó el teléfono para encargarnos la peregrinación a la V Ultreya Mundial en Fátima. Mentiría si dijera que todo fue fácil, pero al final siempre merece la pena meterse en estos caminos del Señor. Si le dejas, Él te va guiando, y uno puede experimentar en primera persona su providencia, poniendo su luz en las no pocas adversidades que fueron surgiendo.

Todo lo que salió bien es obra del Señor pues así se lo pedíamos cada vez que nos poníamos en marcha, así que ahora sería de necios poder aceptar cualquier mérito o halago.

Por todo ello, no se cansa uno de dar gracias a Dios. Porque desde el primer instante nunca faltaron manos para cualquier cosa que se requirió. Por nuestros sacerdotes, que como siempre cuidaron de que no nos perdiéramos en lo banal del encuentro. Por la puntualidad, una cualidad que, reconoceréis conmigo, no forma parte del ADN de este Movimiento, y que permitió en todo momento seguir la programación del encuentro. Por las oraciones de nuestros mayores que se quedaron en la retaguardia apadrinando a cada uno de los que peregrinamos. Por la lluvia de Gracia recibida por la multitud de indulgencias que se consiguieron dándonos la armonía que necesitábamos en todo momento. Por haber podido compartir toda la Comunidad, jóvenes y menos jóvenes, todos juntos, esta experiencia que tanto enriquece.

No me canso de dar las gracias, en definitiva, por todo, por lo que disfruté y por lo que no llegué a entender. Hace tiempo que he descubierto que al Señor no le hace falta nada de lo que yo pueda ofrecerle. Él lo tiene todo, pero yo sé que cada vez que me acerco a Él soy más feliz, y avanzo una pizca en el camino de mi conversión.

Gracias, Señor, una vez más, por dejarnos poner nuestras manos a tu servicio.

Carlos Mora

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