Yo también quiero ser “el hombre de la ilusión”

La imagen de un autor hablando de su libro me parece bastante patética, como esa gente que le da a “Me gusta” en su propio comentario de Facebook, o esa que se ensalza a sí misma ante otros. Si el autor habla bien de su obra, queda como un vanidoso; si habla mal, queda como un peinaovejas arrogante. Así que lo único que me ha convencido para acceder a escribir este artículo –además de la gratitud y el cariño que siento hacia Proa– fue la indicación de escribir, no sobre “El hombre de la ilusión”, la biografía de Sebastián Gayá que ha publicado la BAC, sino sobre cómo ha impactado en mi vida el hecho de haberla escrito. Ese enfoque deja las cosas como deben quedar: con el biografiado como protagonista y el autor a la misma altura que los lectores. A fin de cuentas, todo lo que de bueno tiene “El hombre de la ilusión” es lo que tiene la rúbrica de Sebastián. Lo prescindible es lo que corría de mi cuenta.

Hace cerca de cinco años, un miércoles en que volvía a casa en el último autobús de la noche, cargado con dos maletones llenos de libros, apuntes, fotocopias con escritos de los años 40, tomos de enciclopedia y el portátil, me hice por primera vez una pregunta: ¿Me está cambiando la vida escribir la biografía de Sebastián? Desde aquel momento, volví a hacerme varias veces la misma pregunta, normalmente cuando regresaba a casa a las 4 o las 5 de la madrugada desde cualquier biblioteca que estuviera abierta en época de exámenes, o tras pasar 16 horas diarias escribiendo durante un fin de semana, sin ver a Laura ni a Mateo. Hoy puedo afirmar con rotundidad que lo que me ha cambiado la vida no ha sido el hecho de escribir “El hombre de la ilusión”, sino el haber entrado en contacto de un modo casi íntimo con Sebastián a través de sus escritos vibrantes e intensos.

A través de ellos, he podido comprobar cómo Sebastián vivió su fe con verdadera radicalidad, es decir, hundiendo sus raíces en Cristo para así “llevar la fe a la vida, con todas sus exigencias, hasta las últimas consecuencias”. Por eso su vida estuvo jalonada de momentos casi épicos, que afrontó con el heroísmo y la discreción de los que quieren ser santos de veras; pero sobre todo, estuvo plagada de pasajes de una normalidad apabullante, que, sin embargo, él percibía como ocasiones para el apostolado ardiente, para la oración profunda y para el trabajo entusiasta y entusiasmante. Ante semejante modelo de vida, ¿cómo podía quedar yo indiferente?

Entre los muchos rasgos que me han impactado de Sebastián destacaría tres: su entusiasmo, su humildad y su coherencia. Es decir, su capacidad de llenarse de Dios y de encontrar la confianza y la alegría del Resucitado en medio de sus cargas y trabajos; el deseo de estar en primera línea a la hora de la batalla y en la última fila en la hora de los reconocimientos; y su apuesta por vivir con una identificación tal con Cristo que abrazase la cruz por amor al Crucificado, anhelase la santidad para ser como el Santo de los santos, y viviese como un apóstol para llevar junto al Maestro a todos los que encontrase a su paso.

Así que en esas estoy ahora: trabajándome de la mano de Sebastián y pidiéndole su intercesión constante. A la luz de su ejemplo, cada día estoy más convencido de que no hay nada más triste que vivir un cristianismo mediocre y “sin garra”, y que si algo merece la pena en esta vida es vivirla con el empeño de ser, de verdad, santo y apóstol. En mi vida, yo también quiero ser, como él, “el hombre de la ilusión”. 

José Antonio Méndez

Deja un comentario

X