Mensaje de Cuaresma del Papa Francisco y de Sebastián Gayá

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2014

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)

 Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «…para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

FRANCISCO

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CURSILLOS DE CRISTIANDAD. Boletín Informativo del SECRETARIADO NACIONAL MADRID. Núm. 20 Marzo 1965 (p.1 y 2)

Mensaje de la Cuaresma

Se han apagado las últimas luces del ciclo litúrgico de Navidad, y hemos entrado de lleno en la Cuaresma.
En Navidad Cristo aparecía principalmente como luz; en el tiempo pascual se revela como vía: vida de la Iglesia y vida del alma. El precio de esta vida es su muerte: la vida nuestra por la muerte de Él. Tal es el contenido del ciclo pascual, que tiene en la Cuaresma su período de preparación.
Cristo quiere rescatarnos del pecado y hacernos hijos de Dios. Entramos en un tiempo de trascendencia única. La Iglesia nos prepara para él, a fin de que la Pascua nos halle dignos de celebrar la fiesta de las fiestas, la fiesta de nuestra regeneración, la gran fiesta de la Gracia, “el día que hizo el Señor”.
La Cuaresma es, por tanto, un largo camino de purificación, de ascética, de penitencia, de redención, de renovación interior. Es la primavera del año litúrgico: el grano de trigo debe producir, muriendo en el seno de la tierra, una semilla nueva; el alma debe sepultar el “hombre viejo”, para resucitar con el Señor al “hombre nuevo”.
La vida de Gracia -que el Señor va a merecernos- es la estrella polar, la motivación sobrenatural, el centro de toda nuestra vida cristiana. Se nos comunica en el Bautismo –la puerta de la Vida- y en el “segundo Bautismo” -la Penitencia-, “segunda tabla de salvación después del naufragio”.
La Cuaresma es un peregrinar hacia esas fuentes de vida. Esa Vida exige que vayamos muriendo a las concupiscencias terrenas, que vayamos sepultando cuanto, por pecaminoso impide injertarnos en la vida de Dios.
Por eso la Cuaresma, a pesar de todos los pesares, no es ni puede ser una antigualla que haya perdido su momento, su actualidad, su razón de ser. Con su austeridad. Con su espíritu de penitencia. Con su sentido de mortificación, que es tanto como decir de revitalización, de despegue, de renovación.
En el “Rollo” sobre “Obstáculos a la vida de Gracia”, se nos delata, en el Cursillo, al enemigo –fuerte, falso, astuto- y se presentan los remedios para vencerle. Entre estos remedios se destaca el valor trascendente de la mortificación, que, a primera vista y para el mundo de hoy, suscita sonrisas de suficiencia y escalofríos de incomprensión.
Sin embargo, es necesaria, obligatoria, ineludible.
Porque será precisa una fuerte dosis de mortificación para llenar a todas horas, todos los días, en todas las circunstancias, los Mandamientos de Dios.
Porque será preciso -y ello implica renuncia— aceptar con buen talante las cruces inevitables en el caminar de cada día: ver chafarse nuestros planes, nuestras ansias, nuestras aspiraciones. En invierno no hay mariposas. Si Dios nos coloca entre las nieves de un invierno de sacrificios, es porque no nos quiere mariposas; nos quiere hombres; mejor todavía, nos quiere cristianos.
Porque será preciso no rehuir la mortificación voluntaria en aras de un bien superior. “Si alguien quiere venir en pos de Mí, nos decía Jesús, tome su cruz cada día, Y sígame.” Una cruz, no un enchufe; la tuya, precisamente ésa. Y cada día, todos los días.
Porque será preciso brío apostólico, voluntad de superación, para llegar al sacrificio por el hermano, a fin de que para él llegue también el amanecer de la Pascua. Queremos llevar a todos los ambientes la Redención de Cristo. Y Cristo nos redimió por el sacrificio; sin éste no se puede ser ayudante de un Cristo Crucificado.

Cuaresma es ahondar en el sentido de nuestra cruz ante la Cruz en que el Señor nos da la Vida. Los paganos no necesitan Cuaresma, porque desconocen el misterio de la Vida de Gracia. Para nosotros, Cursillistas, la Cuaresma nos recuerda el gran Mensaje de Dios, en el Cursillo.
Pablo VI, en vísperas de Navidad, nos decía: “Los que viven de la Gracia son ya, de algún modo, partícipes de la divinidad…; pero es preciso recordar que la posesión de los dones que Cristo nos ha concedido, requiere un continuo esfuerzo de correspondencia moral y espiritual, una continua profundización, un continuo crecimiento en la perfección; ésta es la razón de por qué el deseo de Dios, el deseo de Cristo debe ser alimentado y renovado continuamente en nosotros, como precisamente la Iglesia, con su pedagogía litúrgica, nos obliga y ayuda a hacer.” Crecimiento, esfuerzo continuo, penitencia, renuncia, superación: éste es el espíritu de la Cuaresma, que viene a hacer revivir en nosotros el mensaje de Cristo: el mensaje de nuestra vida por su muerte, el mensaje de nuestra muerte al mal por la vida que El nos mereciera la tarde del Viernes Santo.
Sólo así se paladea plenamente el triunfo pascual de Cristo y de cuantos hemos sido incorporados a El.
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